MI CRITICA SOBRE: EL LOBO DE WALL STREET

Scorsese, como uno de los principales cronistas del individuo -situado dentro de la sociedad americana- condicionado y engullido por su entorno, ha cosechado una de las filmografías más completas de su generación cuyo visionado conjunto ofrece una perspectiva de las pequeñas intrahistorias que forman parte del capitalismo americano. Ya sea a través de una pandilla de gángsters de Nevada, desde las esferas del poder político criminal de Boston o desde su raíz en la no tan redonda Gangs of New York. El director italoamericano aborda ahora la cuestión desde su bilis, confeccionando un retrato mastodóntico del capitalismo desenfrenado, aquel que mezcla cocaína con el bono basura, fastuosidad con misantropía y cuyos límites legales y morales se ven sobrepasados con una indiferencia desconcertante.

El film nos mete en la piel de Jordan Belfort y su ascensión al olimpo de Wall Street desde sus inicios en un garaje vendiendo acciones que no valen absolutamente nada hasta el encumbramiento como gurú y farsante en el mundo de las finanzas internacionales. Todo ello servido con altas dosis de sexo, drogas y rock and roll e hilvanando, a su vez, un retrato de personajes impasibles ante su propia destrucción. El derroche y el lujo personificado en las grandes bacanales, los yates, las mansiones y los Ferraris; y la estafa como medio para lograrlo sin importar las consecuencias y desechando toda posibilidad de redención. El genial y breve personaje de Matthew McConaughey lo evidencia en una de las escenas más descollantes y grotescas del film; la droga más poderosa y adictiva en el mundo es el dinero y bajo esta premisa se va a cimentar el Lobo de Wall Street.

La sensación que tiene uno durante el visionado del film es similar a la de un chute de cocaína; te reactiva desde su inicio provocando una visión lúdica de la historia que se mantiene durante toda la proyección y que jamás decae, es tal la intensidad con la que está narrada que priva al espectador del beneplácito de la duda y de toda concesión moral. Puro divertimento anfetamínico en el que uno solo puede llegar a sacar sus propias conclusiones acerca del estilo de vida retratado y de sus consecuencias, tan actuales, una vez que haya salido del cine y haya llenado el estómago.

Puede que lo único que ponga de manifiesto el film en este camino es aquella afirmación un tanto políticamente incorrecta de que si los ricos son unos cretinos,  los pobres lo serían igual si se les brindase la oportunidad de ser ricos.

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